Las proezas de la mujer rural

El universo de la mujer rural difícilmente cabe en esas dos palabras. Una (tal vez necesaria) tendencia a etiquetar y empaquetar los conceptos frecuentemente invisibiliza la diversidad, como un velo gris sobre muchas piedras de colores. Entender a la mujer rural es, ante todo, iluminar esa diversidad y no perderla de vista incluso a la hora de definir los elementos comunes. La mujer rural es una mujer que principalmente vive fuera de las zonas urbanas, aunque puede vivir en zonas periurbanas y reproducir allí las prácticas comunitarias propias de la ruralidad. Vive en el campo, en pueblos pequeños de algunos cientos de habitantes, o de apenas decenas. Vive en la espesura del monte, a veces en aislamiento, lejos incluso de sus propios vecinos y vecinas. La mujer rural en América Latina es campesina, es indígena, es afrodescendiente, es migrante de otras latitudes. Se dedica a trabajar el campo, a cuidar de los animales pequeños, que son las ovejas, cabras y cerdos, a fabricar artesanías, recolectar frutos, participar de la pesca para el consumo o para la venta. Puede percibir o no un salario.

 

Población rural femenina (miles de personas) en América Latina y el Caribe

Población rural femenina (miles de personas) en América Latina y el Caribe
Fuente: Atlas de la mujer rural, FAO (5, 2017)

 

Pero dentro de esta diversidad, hay muchos elementos en común. La mujer rural cría a sus hijos e hijas, cuida del grupo de adultos mayores y personas con capacidades diferenciadas, limpia la casa, lava la ropa, cultiva la huerta, prepara la comida, acarrea el agua. Es la que hace los dulces de fruta y cocina los panes para vender en el pueblo. Estas son las actividades que se les ha asignado por la división sexual del trabajo, pero que la sociedad patriarcal no reconoce como trabajo y, por tanto, invisibiliza. Todas estas actividades económicas que, por no ser remuneradas, son desvalorizadas; pero si el día de mañana las mujeres dejaran de hacerlas, eso que llamamos familia simplemente dejaría de existir.

La desvalorización del trabajo de la mujer rural

En América Latina, dos de cada diez personas pertenecen al ámbito rural, lo que aproximadamente representa 129 millones de personas. Dentro de ese total, casi la mitad son mujeres y la quinta parte de esas mujeres son indígenas. La diversidad que atraviesa a las mujeres rurales tiene muchas manifestaciones: desde las características ecológicas de sus territorios, la geografía, el clima, el suelo; las características culturales y étnicas, hasta las distintas actividades económicas que realizan.

La agricultura de autoabastecimiento, la que se destina al consumo doméstico, casi en su totalidad depende de las mujeres. Sin embargo, muchas mujeres que trabajan en pequeñas unidades agropecuarias no son consideradas parte de la población económicamente activa, ya que su producción en muchos casos no está destinada al mercado o es direccionada a un sistema como el trueque de productos y servicios en el ámbito rural. Esto presenta una doble problemática. Por un lado, genera para las mujeres una sobrecarga de trabajo, ya que a las tareas productivas que realizan, deben agregar aquellas del ámbito doméstico, que culturalmente no se consideran trabajo y por eso las deben realizar muy temprano a la mañana o tarde por la noche. Por otro lado, la invisibilidad también conlleva a una falta de registros sobre la incidencia de la agricultura familiar en la producción de alimentos. Pero, a pesar de no estar sujeta a las reglas del mercado, esa producción existe y comunidades rurales enteras subsisten gracias a ella.

 

Por otro lado, dentro del sector agrícola, típicamente asociado al varón, existen muchas tareas que escapan del trabajo de campo en sí pero que son parte de la actividad. Ejemplos de estos trabajos son la selección de semillas, la compra de insumos o repuestos de maquinarias en las poblaciones o la transformación de productos agrícolas, actividades que en su mayoría son llevadas a cabo por mujeres pero que tampoco son tomadas en cuenta en los registros.

La invisibilidad y la escasa valoración del trabajo de las mujeres también les dificulta el acceso a sus derechos. Si bien las mujeres rurales representan una quinta parte de la fuerza de trabajo agrícola en América Latina, son los varones quienes en su mayoría poseen la titularidad de la tierra. Recientemente, han comenzado a implementarse políticas tendientes a reducir esta brecha. En Brasil, gracias a la reforma agraria aumentó el porcentaje de mujeres tenedoras de tierras, especialmente aquellas casadas o en uniones civiles, que pasaron del 23 al 72 por ciento. Esta proporción también aumentó entre mujeres jefas de hogar solteras, pasando del 13 al 24 por ciento. En Bolivia, políticas de apoyo a la producción y de lucha contra diversas formas de violencia lograron aumentar la titularidad de la tierra entre mujeres, del 9 al 24 por ciento al 2014. Pero, a pesar de los avances, las mujeres todavía tienen importantes dificultades para acceder a la titularidad de la tierra.

De esta desigualdad se desprenden muchas otras dentro del ámbito productivo: las mujeres en general tienen un acceso bajo a otros medios de producción, como semillas e insumos agrícolas. También tienen dificultades para acceder a créditos y financiamiento. Dentro de los ámbitos públicos, las mujeres rurales ven limitado su acceso a la participación y al ejercicio de la plena ciudadanía, y más todavía a espacios de toma de decisiones. Todo esto agrava su situación de dependencia, que a su vez favorece la reproducción de otras formas de violencia contra la mujer: violencia patrimonial, psicológica, sexual y reproductiva, entre muchas otras. Y, además, les hace tanto más difícil escapar de estas violencias.

Reconocer las diferencias para lograr la equidad

Miriam Vilcay es una mujer rural por elección propia. Nació en la ciudad de Córdoba, pero hace aproximadamente veinte años se trasladó al monte y ya no se fue más. Hoy vive en el paraje Los Socavones, cerca del pueblo de Tulumba, al norte de la provincia argentina de Córdoba. Ella es integrante y referente del Colectivo de Mujeres del Gran Chaco Americano, un espacio de integración, participación y colaboración hecho por y para mujeres. Desde la formación del Colectivo, las mujeres han tenido que enfrentar las miradas recelosas de los hombres, de los esposos que no aceptan que ellas tengan una voluntad o incluso que pretendan decidir sobre sus vidas. Porque no solo se espera que la mujer cumpla con un rol en lo productivo, sino que además adopte una actitud acorde a ese rol.

La mujer rural tiene que ser sumisa. Por ejemplo, hemos visto que hay comunidades en Bolivia en donde todavía él camina adelante y ella atrás. En Argentina, el marido te dice “sí, sí, andá”, pero por detrás está vigilando lo que decís y lo que hacés. Por eso muchas veces hemos tenido que trabajar clandestinamente. Nosotras no podíamos actuar libremente porque los maridos montaban guardia en la puerta de las reuniones y las mujeres no se atrevían a hablar. Muchas veces nos pasó que íbamos a un pueblo y les queríamos enseñar a las mujeres sus derechos, pero teníamos a los hombres en la puerta, afuera, controlando”, dice Vilcay.

 

Miriam Vilcay

 

Pero no solamente los esposos no entienden la lucha de la mujer. El Colectivo de Mujeres del Gran Chaco, así como muchos otros colectivos que se autodenominan feministas, reciben muchas críticas por su defensa de los derechos de la mujer. Les dicen que las mujeres ahora quieren ser más que los hombres. Que violencia se ejerce contra todos. Que están en contra de los hombres. En el Encuentro Mundial del Gran Chaco hay un eje de trabajo específicamente dedicado a la mujer. En esas mesas de trabajo, se discuten temas de violencia, de derechos, de salud, pero también de ecología, de cambio climático y de agua. ¿Son esas problemáticas que solo afectan a la mujer? No. Pero sí tienen elementos diferenciales que deben ser reconocidos: la problemática específica de la mujer y el agua, de la mujer y el cambio climático, de la mujer y la salud. De la mujer.

Muchos creen que es derecho ‘de la mujer’ que no le peguen. Pero no es solamente eso. Cuando hay violencia sobre la mujer, hay violencia sobre los niños y sobre los adultos mayores. Cuando una mujer va a un hospital y no es atendida, le están privando su derecho a la salud. A veces lo tiene que llevar al compañero al médico y tiene que pelear para que lo atiendan. La mujer que lucha por sus derechos está luchando por los derechos de todos”, dice Vilcay. Y lo mismo sucede en todos los ámbitos de la vida. Si la mujer no camina durante seis horas acarreando agua, la familia no tiene agua. Entonces, cuando una mujer lucha por su acceso al agua, lucha por el acceso al agua de toda la familia. Y así.

Las proezas de Sara

Hasta hace algunas décadas, los hombres rurales en Argentina solían ausentarse casi seis meses de sus casas para ir a la desflorada. La desflorada es la época de cosecha de granos, un trabajo típicamente asignado al varón. Entonces, el esposo se iba y la casa, la huerta, los niños, los animales, todo quedaba a cargo de la mujer. Ese era el caso de Sara. Sara tenía once hijos y su esposo se iba a la desflorada, dejándola a cargo de todo. Sara tenía que bañar a los niños, darles agua, comida, lavar la ropa a mano, en una casa sin electricidad, sin salida a ningún camino, en el medio del monte cerrado. Y sin un peso en el bolsillo, porque todo el dinero lo manejaba su esposo. O casi todo.

Miriam Vilcay tiene tan impresa la historia de Sara, que escribió un cuento sobre ella y ganó el primer premio en un concurso literario. Decía Sara: “Usted cuando lave la ropa de su marido, busque en los bolsillos porque siempre quedan vueltitos. Y nadie sabe. Usted guárdelos. Entonces, cuando tenga que ir al pueblo a comprar víveres, usted tiene esas monedas para comprarle una golosina a su hijo”.

La mujer rural tiene estrategias de supervivencia. Miriam Vilcay les llama artimañas; “artimañas de las mujeres para lograr más”. Pero no más para ellas, sino más para sus familias. Y ese es otro punto en común que tienen las mujeres rurales, dentro de su diversidad. “Cuando las papas queman, la mujer tiene artimañas para sobrevivir. Más de un hombre se ha quedado sin trabajo en épocas de crisis y se ha quedado sentado, y hasta que puede volver a arrancar, la mujer está haciendo el pan o el dulce para vender, por lo menos para darles de comer a los chicos, comprar la harina, el azúcar que necesita”. La mujer rural lucha por su familia, en todo momento. Incluso cuando parece luchar por sus necesidades, está luchando por las necesidades de su familia.

Y esto se hace extensivo a las comunidades. La mujer rural no solo tiene problemas, sino también cualidades en común: es la poseedora de los conocimientos ancestrales de su cultura: las prácticas agroecológicas, la selección de semillas, los métodos de recolección de agua. Es, además, la que transmite esos conocimientos, la que conserva y perpetúa su cultura a través de las generaciones. En las comunidades rurales afrodescendientes, las mujeres históricamente son las que han mantenido la tradición y la herencia de sus sociedades africanas originarias, que con frecuencia son sociedades matriarcales.

La mujer rural también participa activamente en movilizaciones sociales a favor de los derechos colectivos, como en el caso de las mujeres indígenas en Paraguay y Bolivia, que a través de su participación política movilizan a las comunidades por el derecho a la tierra y el territorio de los pueblos indígenas. Muchas de ellas también protegen la biodiversidad, porque saben la importancia de un ambiente sano para promover el buen vivir.

Es el caso de las mujeres afrodescendientes: ellas han sido parte activa en los movimientos de resistencia de pueblos esclavizados y en defensa de sus comunidades. Así como cuando la mujer que defiende sus derechos está defendiendo los derechos de su familia, cuando defiende los derechos de su familia está defendiendo los de su comunidad.

Mujeres libres y organizadas

Uno de los grandes desafíos para el desarrollo de la mujer rural en América Latina es lograr su inclusión en los espacios de toma de decisiones y su participación en las organizaciones comunitarias. A pesar de tener un rol vital para el mantenimiento, el cuidado y el sostén de la comunidad, la mujer es frecuentemente excluida de estos espacios. Es común que sus compañeros las desalienten, diciéndoles que pierden el tiempo, que lo que hacen no sirve para nada, que no son lo suficientemente buenas para la tarea o que no están cumpliendo con sus responsabilidades ante su familia. Es frecuente que las mujeres que lideran espacios políticos sufran violencia y acoso por partida doble: por ser lideresas y por ser mujeres.

Muchas veces, su participación solo se acepta en espacios que son coherentes con su rol de madres y esposas, pero no cuando intentan salir de las imposiciones determinadas por el género. Otras veces, la misma división sexual del trabajo opera imponiendo roles al interior de las organizaciones: los varones deciden, celebran las reuniones y viajan, mientras que las mujeres llevan las actas, hacen trabajo administrativo y mantienen la sede limpia. En general, las mujeres son aceptadas cuando sirven de apoyo, pero no cuando tienen sus propias metas y aspiraciones.

Pese a estas dificultades, las mujeres rurales han sido protagonistas de grandes movilizaciones. La Marcha das Margaridas, una movilización de mujeres rurales que se inició en el año 2000, hoy convoca a decenas de miles de personas en un reclamo por una vida libre de violencia y por los derechos de las trabajadoras rurales. La Movilización de Mujeres Negras del Norte del Cauca por el cuidado a la Vida y la Defensa de los Territorios Ancestrales, en Colombia, es un espacio de lucha y resistencia, no solo para erradicar la violencia contra las mujeres, sino también en defensa de los territorios amenazados por proyectos de extracción de recursos naturales.

Movimientos de mujeres como estos abundan en América Latina. Y gracias a ellos, se han conseguido importantes avances, aunque insuficientes, en la formulación de políticas públicas destinadas a ese grupo tan diverso que se da en llamar “mujer rural”. La Conferencia de la Mujer Rural en América Latina y el Caribe fue un paso hacia la visibilización de las mujeres rurales, de sus contribuciones en la economía y en la producción de alimentos, con miras a impulsar a los Estados Nacionales a generar políticas públicas orientadas a satisfacer sus necesidades específicas.

Nosotras queremos que la mujer sea libre: libre de elegir la religión, libre de elegir lo que quiere hacer con su cuerpo, lo que quiere producir y la forma en que quiere vivir. Pero la mujer rural nunca, jamás va a atentar contra su propia familia. Ni contra las futuras generaciones. Menos la que está organizada. Ella lucha por la familia. Considera que no va a ver los frutos de su lucha, pero quiere que sus hijos, nietos o bisnietos los vean. Quiere que sus hijas, sus nietas, vivan de otra forma”. Miriam Vilcay, como mujer rural, quiere un cambio. “La mujer rural quiere un cambio. Y yo creo que la urbana también, pero sabemos que ese cambio no va a llegar hoy, sino que se da paso a paso. Si cambio yo, se produce un cambio. Cada mujer que aprende a valorarse es un cambio”.

 

 

 

Por Yanina Paula Nemirovsky

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