Del fordismo al toyotismo, ¿y del toyotismo al teslastismo?

¿Cómo imaginar el futuro del trabajo? Esta pregunta no es nueva. Otras sociedades en el pasado se lo han preguntado, en especial a partir de la Revolución Industrial y el inicio de la era de mecanización del trabajo. No obstante, las transformaciones tecnológicas que desde hace algunas décadas se suceden de forma cada vez más acelerada, producen cambios desde la práctica en el mercado laboral con una rapidez que no puede ser igualada por las regulaciones y la normativa, por lo tanto, muchas de las transformaciones se traducen en un aumento de las inequidades y en detrimento de los derechos laborales.

¿Cómo afrontar esos retos para asegurar que el futuro del trabajo sea uno de inclusión y bienestar para toda la sociedad? Pero el futuro del trabajo también presenta oportunidades para reducir las brechas de desigualdad y garantizar los derechos humanos y laborales para todas las personas. Los desafíos que se presentan generan la necesidad de plantear discusiones que permitan dirigir el trabajo hacia el futuro deseado. La profundización o la superación de las brechas que afectan el acceso al trabajo de calidad de millones de personas en el mundo depende de cuán activamente se aborden las problemáticas que ya se están manifestando en el mercado laboral en la actualidad.

El impacto de la tecnología en el mercado laboral

La respuesta a la pregunta de cuál es el futuro del trabajo está en permanente construcción. En primer lugar, cuando hablamos del futuro del trabajo hablamos de las alteraciones que ya están sufriendo y que sufrirán las formas tradicionales del trabajo debido a la influencia del desarrollo de las nuevas tecnologías. Actualmente, dos grandes tendencias están impactando decisivamente en la sociedad y generando transformaciones en el mundo laboral: por un lado, el acelerado avance tecnológico, y, por otro, el progresivo envejecimiento de la población.

Las nuevas tecnologías digitales afectan las dinámicas laborales de diversas maneras. Tecnologías como el comercio electrónico, el blockchain, la robótica, la inteligencia artificial y el machine learning están generando transformaciones en todas las industrias. Desde el entretenimiento, el turismo, pasando por la industria aeroespacial hasta, incluso, la minería, las tecnologías digitales generan nuevas formas de interacción y transacción cada vez más directas y veloces. Y también generan nuevos empleos a partir de las competencias que estas herramientas exigen. Pero estas tecnologías impactan en otros aspectos del trabajo menos visibilizados. Por ejemplo, el uso de algoritmos para la selección de perfiles laborales está cambiando también las modalidades de contratación. Sin embargo, también genera sesgos que podrían incidir en el aumento de la brecha de acceso al mercado laboral.

Según un informe del World Economic Forum, se espera que, al 2025, la división del trabajo entre máquinas y personas transformará 85 millones de puestos de trabajo en pequeñas y medianas empresas. Según Patricia Carmona, gerenta programática de Fundación Avina, “se habla de la creación de 97 millones de empleos basados en las nuevas profesiones que genera esta disrupción tecnológica. Pero, ¿estamos preparados para asumir este reto? En el otro extremo, un informe de la OCDE dice que 6 de cada 10 personas adultas no tienen las competencias necesarias para acceder a estos trabajos. Entonces existe la posibilidad de que la brecha en el acceso al trabajo sea cada vez mayor”.

La tendencia indica que cualquier ocupación que se pueda mecanizar, automatizar o enseñar a una Inteligencia Artificial será progresivamente realizada por máquinas. Por esto, los esfuerzos deberán centrarse en favorecer la transición de trabajadoras y trabajadores de los sectores en riesgo de mecanización hacia oficios que requieran competencias humanas. En este sentido, la tecnologización del trabajo es una oportunidad para generar más y mejores empleos si se garantiza el acceso a programas de capacitación laboral, especialmente en los sectores más vulnerados. Por otro lado, el envejecimiento generalizado de la población promete abrir nuevas oportunidades de trabajo en el sector de la salud y el cuidado, que requiere de presencia e interacción humanas. Esto también deberá acompañarse con programas de capacitación y profesionalización de personas que sean capaces de responder a las crecientes demandas en este sector.

Las trabajadoras y los trabajadores en el centro

En su informe sobre el futuro del trabajo, la OCDE señala que el 14% de los empleos en el mundo están en riesgo de automatización. Pero este proceso de automatización ya está en marcha desde hace décadas: el informe indica que, entre 1995 y 2015, se perdió casi un 20% de los empleos, mientras que en el sector de servicios, los empleos aumentaron en un 27%. Teniendo en cuenta que no hay un descenso del consumo, estos números reflejan el hecho de que los productos se siguen fabricando, pero ya sin intervención de la mano humana.

Por esto, hablar del futuro del trabajo es hablar del futuro de las trabajadoras y los trabajadores. Y, en este sentido, la inclusión laboral ocupa un lugar central en el debate. En muchos casos, las tecnologías que intervienen en los procesos de selección laboral reproducen sesgos que impiden el acceso al mercado laboral a personas históricamente excluidas. El debate sobre la inclusión laboral tiene que ver con formular estrategias para que los grupos vulnerados, como las juventudes, las personas con discapacidad, migrantes, indígenas o racializadas puedan acceder a empleos de calidad.

Por otro lado, la discusión sobre el futuro de los trabajadores está estrechamente vinculada con los derechos laborales. En un mundo en el que el crecimiento poblacional puede generar un desbalance entre oferta y demanda en el mercado laboral, existe el riesgo de que se genere una tendencia hacia la flexibilización laboral, lo que podría implicar un retroceso en los derechos ya conquistados por los trabajadores. La digitalización también podría contribuir en este sentido, ya que podría otorgar una mayor capacidad de negociación a los oferentes de empleo frente a los Estados, en detrimento de los trabajadores.

Las mujeres y el trabajo

La brecha de género también amenaza con agrandarse si no se aborda a partir de políticas concretas en favor de la inclusión y los derechos de las mujeres. Según estimaciones de la Organización Mundial del Trabajo (OIT), hacia el final de 2021 el 43,2% de las mujeres en el mundo en edad de trabajar tendrá empleo, frente al 68,6% de los hombres. Por esto, la cuestión de las desigualdades exige la adopción de una perspectiva de género que aborde la violencia institucional y laboral que sufren las trabajadoras cotidiana e históricamente. Las mujeres tienden a acceder a empleos de baja calidad y baja remuneración, lo que contribuye a aumentar la brecha salarial que existe y que no es producto de la tecnologización del trabajo, sino que es un fenómeno que se manifiesta desde hace décadas. Además, las mujeres tienden a realizar trabajos con mayor riesgo de automatización, lo cual indica que las trabajadoras son las que enfrentan mayor riesgo de perder sus empleos.

Las mujeres también han sido históricamente relegadas a los trabajos no remunerados, vinculados a las tareas domésticas y de cuidado de infancias y personas mayores. Y esto es un factor que impide que muchas de ellas voluntariamente no accedan al mercado laboral por tener a su cargo tareas de cuidado. Este hecho no solo impacta en su nivel de acceso al trabajo, sino también en su acceso a la educación: muchas mujeres no se capacitarán para los empleos del futuro. Además, entre las mismas trabajadoras existe un rezago en su participación en tareas que implican habilidades cognitivas, digitales y cuantitativas, lo cual tiene que ver a su vez con el acceso a la capacitación y a la información que les permitirían tener a su alcance los empleos del futuro.

Las oportunidades que ofrece el futuro del trabajo

La pandemia de COVID-19 también marca un punto de inflexión en el mercado laboral. No solamente aceleró algunas tendencias que ya estaban en marcha, como el teletrabajo, el uso de plataformas digitales cada vez más sofisticadas y la ampliación de las oportunidades de formación en línea. En el otro extremo, también exhibió desigualdades, fundamentalmente debidas a la brecha digital: un informe del Banco Interamericano de Desarrollo indica que en América Latina 244 millones de personas no tienen acceso a internet, lo que representa el 32% de la población.

Uno de los elementos que está empezando a incluirse de manera extendida en las discusiones sobre el futuro del trabajo es el concepto de Renta Básica Universal. En este panorama y teniendo en cuenta las proyecciones para el mercado laboral, cabe analizar la implementación de esquemas de distribución de la riqueza generada por la productividad de la automatización de algunos trabajos. “Este concepto, que implica la asignación de una renta básica que garantice un ingreso a la totalidad de la población, está tomando fuerza en la reflexión sobre escenarios futuros en donde la productividad y la plusvalía sean generadas principalmente por máquinas, robots e Inteligencia Artificial. No obstante, este no es un concepto exento de riesgos: el trabajo no es solo la fuente de generación de ingresos de la población económicamente activa, es también el organizador de la vida en sociedad, y su falta puede fomentar la aparición de dinámicas dañinas. Por otro lado, cuando la desocupación es estructural, impacta negativamente en la capacidad de las sociedades de reactivarse ante una mejora de las condiciones macroeconómicas y la aparición de oferta de empleos”, señaló Gonzalo Roqué, director programático de Fundación Avina.

No obstante, también emergieron nuevas oportunidades. La automatización del trabajo abre las puertas a la creación de empleos de mayor calidad, que no sean repetitivos y que permitan al ser humano mejorar su calidad de vida. Las nuevas tecnologías ya están creando nuevas profesiones y nuevas industrias que, mediante políticas de formación y capacitación, prometen crear nuevos empleos de mejor calidad y remuneración. Además, la tecnología puede ser utilizada para favorecer la inclusión laboral y el ingreso de los grupos vulnerados al mercado. Las herramientas tecnológicas también habilitan espacios de organización colectiva de trabajadores y trabajadoras para la demanda de sus derechos.

Desde esta perspectiva, abordar el futuro del trabajo como un proceso colaborativo es un camino para enfrentar las inequidades y las brechas que hoy existen y que amenazan con expandirse. Una mirada puesta en el futuro debe reconocer también que el trabajo es un mecanismo de inclusión social. Por esto, un futuro mejor depende de que se pongan en práctica políticas de desarrollo productivo, innovación y talento humano que aceleren el aumento de la productividad y de un patrón de crecimiento inclusivo y sostenible.

Por Yanina Paula Nemirovsky


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